martes, 1 de noviembre de 2016

Libre desarrollo de la personalidad y motivación para el proyecto de vida.

Libre desarrollo de la personalidad y motivación para el proyecto de vida.
Unas notas.

Por hermesjose@gmail.com

Para situar el problema en su importancia y complejidad comencemos diciendo que la idea de proyecto de vida está relacionada con lo que una persona quiere ser y hacer en su vida; que el proyecto de vida es un proceso donde se resuelven preguntas como el por qué, para qué, dónde, con qué, con quién, cuándo y cómo; que en ese proceso las preguntas y respuestas están precedidas por la motivación; que la clave del proceso es la respuesta a la pregunta-problema sobre cuál es la ruta para promover y mantener la fuerza de motivación en y para el proyecto de vida de un adolescente; que toda familia e institución educativa quisiera tener esa clave (Dzib Goodin, 2011) porque encontrar la ruta equivale a tener “las llaves” o “los botones” para activar y mantener activa a otra persona; y que, precisamente por eso la ruta también es problemática porque tiene que vérselas con el límite de la autonomía de las personas y con sus derechos, entre ellos y principalmente, con el derecho al libre desarrollo de la personalidad, y por tanto, el problema consiste en resolver la delicada misión de formar para que el otro encuentre su motivación -para que sea quien tenga el control de su propio botón- y no en imponer una motivación externa como si  fuera el dueño del control sobre el otro.

Lo problemático aumenta en el servicio educativo porque es un espacio con muchas reglas y muchos actores. Por ejemplo, si se asume que el objeto de estudio de la motivación son los procesos que le dan fuerza y propósito al comportamiento y que tienen un origen intrínseco en el individuo como las necesidades, cogniciones y emociones y otro extrínseco como el ambiente, que es todo lo que está fuera del individuo (Reeve, 2009), con esta definición surgen tres (3) grandes problemas que los interesados en los proyectos de vida de los adolescentes deben resolver: (1) cómo y sobre qué puede y debe (o no debe) intervenir el adulto para que la familia, los amigos y el Colegio (que hacen parte del ambiente) hagan o no hagan algo que efectivamente incida en la motivación del adolescente; (2) qué y cómo puede y debe hacer (o no hacer) el adulto para que, efectivamente,  el adolescente se motive a partir de sus necesidades, cogniciones y emociones. Y, (3) qué hacer (o no hacer) con la otra parte del ambiente que no son la familia, los amigos y el colegio donde está la calle, el alcohol, los psicoactivos, los video juegos, el internet, el consumismo, el sexo sin control, la televisión, el narcotráfico, la corrupción, etc. Estas preguntas generales muestran la importancia y las dificultades del proceso educativo en punto de la motivación y del proyecto de vida. Dificultades que aumentan y se complejizan porque los que deben hacerse cargo de las preguntas y respuestas sobre la motivación y el proyecto de vida en el proceso educativo no son  “los adultos en general” sino los actores de la comunidad educativa (Ley 115, 1994) que tienen sus propias historias, dinámicas y tensiones: directivos, docentes, estudiantes, padres de familia y núcleo social donde está la escuela.

La complejidad de la ruta crece cuando se examinan las situaciones problemáticas de los adolescentes relacionadas con (i) el funcionamiento del cerebro de los adolescentes que se motiva, aprende, decide y hace en una etapa de cambios biológicos  y neurales (Blakemore, 2007); (ii) la crisis de la familia (JURADO, 2003; Semana, 2013) y (iii) la crisis de la educación (Vasco, 2014; Castells, 2012; Gimeno, 2012; Pérez, 2013; Mejía, 2015; Charpak, 2004, Zubiria, 2015; Ianfrancesco, 2015).

La primera porque la motivación y la decisión ocurren en el cerebro (Damasio, 2000 y 2009).  En los últimos 25 años el conocimiento sobre el cerebro, la educación y la motivación de los adolescentes aumentó (Blakemore, 2007) y ha mostrado grandes posibilidades para la educación. Actualmente lo más importante para un educador (Campos, Anna, 2010) es entender a las Neurociencias como una forma de conocer el cerebro -el suyo y el de sus estudiantes-, para saber cómo es, cómo aprende, cómo procesa, registra, conserva, evoca una información, como se emociona, cómo se motiva y se desmotiva, para que con este conocimiento pueda mejorar su trabajo con los estudiantes. En esta época, y para el mundo educativo, la cuestión importante es cómo se replantean los saberes y las prácticas pedagógicas a la luz de la neuroeducación (Mora, 2013). Por ahora, y aunque ya se habla de neuro marketing, neuro política (Romano, 2012) y neuroeducación, lo cierto es que para la mayoría de familias, docentes y gobernantes ese saber y esas prácticas parecen inexistentes como lo muestra una búsqueda en mayo de 2016 en la web del Ministerio de Educación al término neuroeducación o neuro educación que no muestra hallazgos. Todo lo que saben y aceptan las familias y los docentes actuales sobre el cerebro, la educación y la motivación de los adolescentes lo saben a partir de su experiencia no científica y de los estudios expertos que estaban limitados por el estado de la ciencia neurobiológica hasta 1990.

La segunda porque las dinámicas económicas y culturales han desdibujado la forma y los roles de la familia tradicional patriarcal (Vásquez y otros, 2005). En cifras DANE (2005) las dinámicas familiares mostraban que por cada 100 hogares el 30% -3.1 millones- de ellos tenía jefatura femenina y con ello la doble responsabilidad de trabajar para la manutención de los hijos y cuidarlos al mismo tiempo.  El problema es tal , que el Congreso de Colombia adicionó (Ley 1453, 2001) dos parágrafos al artículo 42 del Código de Infancia y adolescencia (2006) que trata sobre las obligaciones especiales de las instituciones educativas frente a los derechos del niño para que estructuren un módulo articulado al PEI –Proyecto Educativo Institucional– para mejorar las capacidades de los padres de familia y/o custodios en relación con las orientaciones para la crianza que contribuyan a disminuir las causas de la violencia intrafamiliar y sus consecuencias como: consumo de sustancias psicoactivas, embarazo en adolescentes, deserción escolar, agresividad entre otros; y, a las Secretarías de Educación les impuso la obligación de orientar y supervisar las estrategias y metas del sistema psicopedagógico y las Instituciones deberán consignarlo dentro del Proyecto Educativo Institucional –PEI– como de obligatorio cumplimiento.

En términos constitucionales (CP, 1991), por ejemplo, las relaciones interpersonales de los miembros de una familia deben seguir la regla de igualdad de derechos y deberes de la pareja y del respeto recíproco entre todos sus integrantes sabiendo que cualquier forma de violencia en la familia –para negar esa igualdad y ese respeto recíproco- se considera destructiva de su armonía y unidad, y que la violencia, como uso de fuerza abierta u oculta para conseguir algo que los otros no concederían sin esa fuerza, será sancionada conforme a la ley (CP, 1991, Art 42); pero hay padres que no se dan por enterados y siguen reclamando y ejerciendo su derecho a golpear para someter, o peor, hay padres que no están, o están pero con abundantes objetos para sus hijos pero sin reglas ni orientación. Lo tercero porque las escuelas siguen con sus diseños y prácticas elaboradas en y para el mundo del siglo XIX cuando lo cierto es que estamos viviendo en el siglo XXI, globalizado y sustentado en bases diferentes a las del siglo XIX para las que se construyó la educación del pasado: memoria, repetición y obediencia para la naciente industrialización. La crisis, o cambio de época, puede verse, en parte, como la tensión entre una mayoría defensora y utilitaria de los paradigmas del pasado desde los cuales insisten en “reducir” el presente a sus moldes y una minoría insatisfecha con esas prácticas que insiste en la identificación de las nuevas bases para la creación de nuevos diseños y nuevas prácticas que respondan a esas bases, y que según Marco Raúl Mejía  son Siete (7) elementos que reconfiguraron el mundo de hoy, su sentidos y su organización: (1) El conocimiento, (2) La tecnología, (3) Los nuevos lenguajes, (4) La información, (5) La comunicación, (6) La innovación, (7) La investigación.  (Mejía, Marco Raúl, 2015). En palabras de Tonucci (2014) “… ya se acabó la escuela del maestro que habla y enseña y de los alumnos que escuchan y repiten todos juntos...” pero hay gobernantes, familias y docentes que no se dan por enterados. En términos de Pérez Gómez (2013) en el siglo XX todas las ciencias experimentaron rupturas y cambios epistemológicos y también las humanidades, menos la educación porque mantiene el mismo currículo y prácticas del siglo XIX.


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